Cerro Ciénaga. Fotografía: Alejandra Ferreyra.

jueves, 23 de julio de 2026

Esclavos negros, mulatos e indios en los origenes de La Cruz, Calamuchita. Por Claudio Bustos

Fuente: La Cruz, nuestra historia, cultura y patrimonio Facebook 



Nota de autor: Esta investigación puede ser malinterpretada si no se lee en contexto. Ante la cómoda situación de hacer historia de los que no aparecen en los libros, los llamados indios esclavos, negros esclavos, pretendo ofrecer un poco de justicia por esos tratos y ese olvido. Aquí, al menos, se da a conocer todo lo que nos pasó con nuestros originarios y los esclavos traídos de otras colonias.

Hay una historia de La Cruz más profundamente olvidada que la oficial. Está escrita en los márgenes de los libros parroquiales, en la letra apretada del Dr. Joseph de Noriega, cura de la amplia zona de la primera Calamuchita a mediados del siglo XVIII. Recuperar esos nombres es un ejercicio de honestidad historiográfica: Thomasina, Simón, Marta, Martín, Fernando, María Dorotea. Algunos de los esclavos de Calamuchita.

Dos regímenes que se superpusieron

La colonización del Tucumán se apoyó en dos regímenes de trabajo forzado que convivieron durante siglo y medio en el valle. Por un lado, el servicio personal de los indios encomendados, cuya continuidad prohibida pero jamás acatada fue característica de la gobernación (Castro Olañeta, 2010). Por otro, la trata atlántica, que trajo desde el puerto de San Pedro de Loanda, vía Brasil y el Río de la Plata, a los africanos que las órdenes religiosas y los propietarios laicos incorporaron a sus estancias.

En Calamuchita ambos regímenes dejaron huella temprana. En julio de 1617, la visita del gobernador Luis de Quiñones Osorio registraba a los indios de la estancia de Calamuchita de Pedro González Carriazo, obligados a comparecer en Córdoba a doce leguas de distancia (Castro Olañeta, 2010). Setenta y cinco años más tarde, la Visita del oidor Antonio Martínez Luján de Vargas (1692-1693) documentó indios calchaquíes desnaturalizados en tierras del valle y ordenó su traslado a la reducción de Nogolma (Bixio, González Navarro, Iarza y Grana, 2009). Y desde 1726, la Estancia jesuítica de San Ignacio de los Ejercicios se sostuvo con el trabajo de un número indeterminado de indígenas, doscientos treinta y nueve esclavos africanos y arrendatarios blancos hasta la expulsión de la Compañía en 1767 (Page, 1998; Benso y Signorile, 2004). En ese universo de sujeción ejercieron también dos bisnietos del primer encomendero: Pedro y Diego González Carriazo, este último de la zona del Quillinzo.

Las actas hablan

Los libros parroquiales sistemáticamente conservados del curato datan de 1762. Desde ese año, en el oratorio de La Cruz, en el Cano, en Tegua y en San Lorenzo de Licsin, dominicos y franciscanos asentaron una demografía silenciada: escasos comechingones, aborígenes de otras reducciones, esclavos negros, mulatos y libres de todas las castas.

La primera acta referida al paraje consigna un bautismo de naturalidad burocrática estremecedora:

"En el año del Señor, de mil setecientos sesenta y dos, a trece días del mes de abril, con licencia de Don Gabriel de Arias, puso Chisma el Padre Dr. Frai Gregorio Soria a Thomasina, esclava de don Manuel Díaz de la Torre. Siendo sus padrinos Miguel Bracamonte y María Clara de Sta. Dominguez. Por ser verdad, lo firmé." Dr. Joseph Noriega

Thomasina no tenía apellido. Tenía dueño. Los Díaz de la Torre, uno de los troncos propietarios más tempranos de las tierras de La Cruz, poseían esclavos, y esa condición se transmitía con el mismo lenguaje notarial que el ganado o los enseres.

En agosto de ese año, otro nombre:

"En el año de 1762, el día 6 de agosto, bauticé con toda solemnidad a Simón, negro esclavo de Don Joseph Baes. Siendo padrinos Don Mariano Jaimes y para que conste, lo firmo."

En noviembre, Marta, en un asiento aún más crudo:

"En el año del Señor de mil setecientos y sesenta y dos, el primer día del mes de noviembre, mi asistente, el R° P. Fray Thomas del Pilar Sereaphico, ordenó y puso oleo y chisma a Marta que nació el día veinte y ocho de febrero del año de sesenta y uno, y es hija natural de una negra cuyo nombre no me dieron."

La criatura recibió sacramento. El archivo eligió el silencio para quien la había parido.

En diciembre, dos actas casi sucesivas dibujan el mapa de la esclavitud doméstica del sur del curato:

"En el año del Señor, de mil setecientos y sesenta y dos en veinte y seis días del mes de diciembre, el mismo P. puso oleo y chrisma a Martín que nació el día veinte de julio del mismo año y es hijo legítimo de Felix Sossa y Micaela, esclavos de don Antonio Sossa."

"En el año del Señor, de mil setecientos y sesenta y dos en veinte y seis días del mes de diciembre, el mismo P. puso oleo y chrisma a Fernando que nació el día treinta de mayo del dicho año y es hijo natural de María Molina, esclava de don Jerónimo Sossa."

Los Sosa poseían dotación esclava propia, y su presencia no fue esporádica: la muerte de Gerónimo Sosa quedó registrada en 1815 en la capilla de Río de los Sauces, consignándolo como vecino del curato de Calamuchita, hijo de padres desconocidos y casado con una esclava.

Uniones mixtas y descendencias

Los asientos más elocuentes sobre la textura social del valle son los de las uniones entre esclavos e indios libres. En septiembre de 1768, en la capilla de La Cruz, el Padre Fray Thomas Ponce bautizaba a una niña de dos años:

"María del Rosario de dos años, hija legítima de Santiago Olivera, Indio libre y María Dorotea, esclava de Don Joseph Acosta. Fue madrina María Lucía Xaimes."

Y días antes, a su hermana menor:

"Ignacia de dos meses, hija del mismo Santiago Olivera y María Dorotea, bautizada condicionalmente. Siendo padrinos Justo Acosta, esclavo y María Silveria, su mujer, India Libre. El es esclavo de Don Andrés Acosta."

Aquí el mundo colonial muestra su trama completa: un indio libre unido a una mujer esclava; los padrinos, una pareja mixta en sentido inverso. Como los hijos heredaban la condición de la madre por regla del derecho indiano, las niñas de Santiago y María Dorotea nacían esclavas de Don Joseph Acosta pese a ser hijas de un hombre libre. La reclasificación de las castas, señalada por Bixio (2005) como instrumento de las desagregaciones coloniales, tenía en estos asientos su expresión más cotidiana.

Lo que las actas nos devuelven

La historia local suele contarse desde los apellidos propietarios: los Díaz de la Torre, los Sosa, los Acosta, los Baes. Las mismas actas, leídas con otra mirada, devuelven la otra mitad del pueblo: la que trabajó, parió y se congregó en las capillas sin dejar apellidos ni escrituras a su nombre. La comunidad que hoy habita el paraje se formó, en parte, con el trabajo de una población afrodescendiente e indígena que la memoria no nombró. Consignarlos, desde una tinta descolorida de 1762, es parte del oficio de hacer historia.

Por Claudio Bustos


Fuentes citadas:

Benso, G. y Signorile, A. (2004). La estancia jesuítica de San Ignacio de Calamuchita. Córdoba: Del Boulevard.

Bixio, B. (2005). Figuras étnicas coloniales (Córdoba del Tucumán, siglos XVI y XVII). Indiana, 22, 19-44.

Bixio, B., González Navarro, C., Iarza, V. y Grana, R. (2009). Visita a las encomiendas de indios de Córdoba 1692-1693. Córdoba: CEH Prof. Carlos S. A. Segreti / Brujas.

Castro Olañeta, I. (2010). Servicio personal, tributo y conciertos en Córdoba a principios del siglo XVII. Memoria Americana, 18(1), 105-131.

Castro Olañeta, I. (2015). Encomiendas, pueblos de indios y tierras. Una revisión de la visita del Oidor Luján de Vargas a Córdoba del Tucumán. Estudios del ISHiR, 5(12), 82-104.

Page, C. A. (1998). La estancia jesuítica de San Ignacio de los Ejercicios, Calamuchita-Córdoba. Junta Provincial de Historia de Córdoba, N° 18.

Libro de bautismos del Curato de Calamuchita, 1762-1768. Actas transcriptas del acervo parroquial.

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